ECO Y NARCISO

Seguro que alguna vez te has metido en una sala vacía, o incluso en una cueva, y has gritado “¡ECO!” y alguien te ha contestado “eco, eeco, eeeco…” Lo que a lo mejor no sabes es por qué ese fenómeno de rebote de las ondas sonoras se llama así.

Cuenta la mitología que Eco era una joven ninfa muy bella que se deleitaba sobremanera con la conversación. Su voz era tan deliciosa, que las palabras necias sonaban dulces cuando ella las pronunciaba e incluso llegó a cautivar al mismo Zeus.

Un día cualquiera, Hera, esposa de Zeus y reina de los dioses, salió en busca de su marido preocupada de que éste estuviera coqueteando con las ninfas (como así era). En su camino se encontró con Eco. La ninfa la entretuvo con su alegre cháchara para dar tiempo a las demás a escaparse y cuando Hera se enteró del truco, maldijo a Eco condenándola a tener siempre la última palabra pero nunca la primera. A partir de aquel día, Eco sólo podría repetir lo que los demás dijeran, nunca más tendría voz propia. Maldecida a únicamente repetir palabras ajenas, Eco se alejó del trato humano y se retiró al campo.

Y allí es donde se cruzó con Narciso, el hijo de una ninfa y del dios-río Céfiso. Narciso era un joven extremadamente hermoso pero que despreciaba el amor de todos. Eco, ensimismada por su belleza, se limitó a seguirle por el monte hasta que un día, al pisar una rama, fue descubierta. Con la ayuda de los animales del bosque, Eco le profesó su amor pero lo único que obtuvo en retorno fue la burla de Narciso. “¡¿No creerás que yo te amo?!”, dijo él. “Te amo, te amo, te amo…”, repitió Eco.

Rechazada y despreciada, Eco se refugió en una cueva donde el dolor se apoderó de ella hasta su muerte. Se cuenta que su cuerpo se confundió con la roca y su espíritu se desintegró en el aire quedando solo su voz, que sigue repitiendo las últimas palabras de los humanos.

Después de su encuentro con Eco, Narciso siguió su camino, pero los dioses, que escucharon las plegarias de Eco y los lamentos de las demás mujeres despreciadas por el pastor, decidieron darle un merecido castigo y fue Némesis, la que arruina a los soberbios, quien lo maldijo a enamorarse de su propio reflejo. Cuando Narciso se paró a beber en un riachuelo y vio su imagen reflejada en el agua, el joven se quedó prendado de su propia belleza y allí murió, indiferente al resto del mundo mientras se contemplaba sin cesar.

Ya fallecido, su cuerpo fue remplazado por la flor púrpura y blanca que ahora lleva su nombre.

El puzzle que os proponemos en honor a esta triste historia contada por Ovidio en su Metamorfosis es un cuadro del pintor inglés John William Waterhouse pintado en 1903 y que forma parte de la Victorian Collection de la Walker Art Gallery de Liverpool. Eco contempla apesadumbrada a Narciso, quien bebe y se mira en el agua.

Si además eres de los que disfrutan montando puzzles acompañado de una banda sonora, te sugerimos que empieces a encajar las tres mil piezas de esta obra de Waterhouse escuchando “Canción del eco” de Christina Rosenvinge. Los ecos de este mito te acompañarán en tu nuevo reto, eeto, eeeto…

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